Cada año, antes del cumpleaños de mi padre, mi madre, Mario, nuestro ayudante y yo vamos a Xochimilco, al mercado de las flores (temprano, de preferencia) a comprar el árbol de navidad, noche buenas y musgo.
La idea es ir en esta época ya que así el árbol dura la cantidad de tiempo necesaria para que valga la pena la inversión, y para que esté ya puesto en el cumpleaños de mi padre.
El ambiente estaba ideal: un frío aguantable, mucho movimiento pero sin estar atascado, el olor a plantas y tierra húmeda. Me encanta ir. Mi madre encontró rápidamente un árbol de dos metros y medio, precioso, como esperándonos. Estaba a buen precio y decidimos aprovechar. Después compramos noche buenas mientras amarraban el árbol al coche y al final pasamos por el musgo para la base del árbol. Después, al final del mercado, cerramos con broche de oro en el puesto de quesadillas, donde comí el mejor caldo de hongos que he probado en años, a la temperatura perfecta para contrastar el frío casi invernal de medio día.
So far, so good.
Regresamos a la casa, bajamos las cosas, mi madre acomodó las noche buenas, yo evité responsabilidades un rato, hasta que tocó la hora de poner las esferas. Mi madre entró a trabajar mientras continuábamos con la decoración, y a todos nos llamó la atención que mi padre estaba muy bromista desde su cama, de un humor que hace semanas no le vemos, desde que estuvo internado en el hospital.
Puede estar en casa, pero el doctor ya nos dijo que tiene que volver a internarse en esta semana. Todos lo sabemos, y todos estamos preocupados, pero nos damos esperanzas los unos a los otros como si realmente nos sintiéramos con fuerza. Eso a mí tampoco me ha tenido contento, eso y otras cosas que ya dejaré para otro texto.
Paula, la señora que hace la limpieza, le dijo a mi padre “anda muy bromista hoy, se le ve de muy buen humor”, a lo que él, jocoso, le respondió: “pues si es de los últimos árboles de navidad que me quedan por ver”.
Lo decía en serio, tranquilo, seguro. Yo me quedé helado, poniendo esferas como si nada. Mi madre me ha repetido constantemente que debemos estar listos para cualquier cosa. Yo digo que sí, pero no me hago consciente en verdad de todo lo que implica o implicaría perderlo. Seguí poniendo esferas y manteniendo una conversación casual y mundana, y en cuanto pude me fui, a pensar, a estar conmigo mismo.
¿Qué debo esperar?