Hoy no fue un día agradable. No puedo decir que me agrade estar en un hospital. Todo se respira tan tenso; puedes oler el miedo, pasando entre cuarto y cuarto, viendo puertas abiertas con imágenes que doblegarían al más duro.
No todo es malo claro; es común ver a familiares con sus enfermos procurándolos, cuidándolos y siempre a su lado (por cierto, ¿no creen que cuando procuras, cuidas y estás al pendiente de alguien, es normal esperar lo mismo, o aunque sea, un poquito de respeto, o de perdida, consideración por cómo te sientes? últimamente pareciera que no, pero este es un paréntesis totalmente off-topic).
Y precisamente ese tipo de cariño es del que me dieron ganas de escribir. Después de una desmañanada medio intensa, de pasar horas y horas esperando información, etc., acompañaba a mi padre al edificio de hospitalización. La recepción del edificio estaba llena de cuadros de arte moderno, iluminados y expuestos expresamente para ser admirados, como si fuera una pequeña galería de arte. Entrábamos y de reojo mi padre medio observó una pintura, de lado, y dijo “esta seguro es de Leonardo Niermán”. Me acerqué a la placa de la pintura, y ¡vaya! tenía razón.

“Viejo lobo de mar”, pensé. Ni siquiera la tuvo que ver de frente o por unos segundos. Conozco muy pocas personas capaces de reconocer autores de pinturas de esa manera, citar personajes históricos con tanta fluidez, o escuchar cualquier pieza de música clásica e ir tarareando, adelantándose a cada nota; presumiendo, pero presumiendo bien.
Me siento muy inculto al lado de él, y es que nuestros intereses difieren mucho, pero debo agradecerle siempre que la pasión que tengo por el conocimiento, sin importar el rostro que tenga, la saqué de él en gran parte.
Vuelta a la realidad; el Dr. dijo que quizás tendría que estar una semana hospitalizado. Y yo en finales: ¡ja! Intento no darme el lujo de ponerme demasiado quejumbroso, pero pareciera que últimamente el universo intenta recordarme una y otra vez que soy humano.

